Patologías en estructuras de hormigón armado: carbonatación, corrosión y aluminosis

El hormigón armado es el material estructural más usado en España desde mediados del siglo XX. Es resistente, versátil y duradero… pero no eterno. Con los años, y sobre todo cuando la ejecución original fue deficiente o el mantenimiento inexistente, aparecen las llamadas patologías del hormigón armado: carbonatación, corrosión de armaduras, fisuración, desprendimientos. En este artículo explico, desde la experiencia de obra y de los informes técnicos que elaboro como arquitecto técnico, cuáles son las patologías más frecuentes en estructuras de hormigón, cómo se diagnostican y qué soluciones de reparación existen hoy.

Por qué «enferma» el hormigón armado

El hormigón armado funciona porque combina dos materiales complementarios: el hormigón resiste compresiones y el acero de las armaduras resiste tracciones. Además, el ambiente alcalino del hormigón (pH en torno a 12-13) crea una capa pasivante que protege el acero de la oxidación.

La mayoría de las patologías graves aparecen cuando esa protección se pierde. Puede perderse por causas químicas (carbonatación, ataque por cloruros o sulfatos), físicas (ciclos hielo-deshielo, fuego), mecánicas (sobrecargas, impactos, asientos del terreno) o por defectos de origen: recubrimientos insuficientes, hormigones porosos, coqueras, o cementos problemáticos como el aluminoso. En la práctica casi nunca hay una causa única; lo habitual es una combinación.

Carbonatación: la patología silenciosa

La carbonatación es la patología más extendida en edificios de 40-70 años. El CO₂ del aire penetra poco a poco en el hormigón y reacciona con la cal, bajando el pH desde 12-13 hasta valores de 8-9. El hormigón no pierde resistencia por ello, pero el acero pierde su capa pasivante: cuando el frente carbonatado alcanza la armadura, esta empieza a oxidarse en presencia de humedad y oxígeno.

La velocidad de avance depende de la calidad del hormigón: en uno compacto puede avanzar 1 mm al año o menos; en uno poroso de los años 60-70, bastante más. Por eso los recubrimientos escasos de aquella época (a veces de 1 cm o menos) son una bomba de relojería.

El diagnóstico es sencillo y barato: se aplica fenolftaleína sobre un testigo o una rotura fresca. La zona sana vira a rosa intenso; la carbonatada queda incolora. Medir la profundidad del frente carbonatado y compararla con el recubrimiento real (medido con pachómetro) permite estimar cuánta vida útil queda.

Corrosión de armaduras: fisuras, desconchones y óxido

La corrosión es la consecuencia visible de la carbonatación o del ataque por cloruros. El óxido ocupa entre 3 y 8 veces más volumen que el acero original, y esa expansión revienta el hormigón desde dentro. La secuencia es muy reconocible: primero aparecen fisuras paralelas a las armaduras, después manchas de óxido, y finalmente desprendimientos del recubrimiento que dejan la armadura vista, ya con pérdida de sección.

Los puntos críticos en viviendas son los frentes de forjado y cantos de balcón, los pilares expuestos a la intemperie, las viguetas de cámaras sanitarias mal ventiladas y cualquier elemento con filtraciones continuadas: un canto de terraza con el goterón perdido se lleva años empapándose sin que nadie lo vea. Si observas grietas en tu vivienda y dudas de su gravedad, en este artículo explico cómo saber si una grieta es peligrosa.

Aluminosis y otros cementos problemáticos

Mención aparte merece el cemento aluminoso, empleado en viguetas prefabricadas sobre todo entre 1950 y 1977. Con humedad y temperatura, sufre una transformación mineralógica (conversión) que aumenta su porosidad y reduce drásticamente su resistencia, además de facilitar la corrosión. Una vigueta con aluminosis avanzada puede colapsar de forma frágil, sin avisar apenas.

La sospecha se confirma en laboratorio mediante ensayos sobre muestras. Si el edificio es de esas décadas y hay viguetas prefabricadas en baños, cocinas o cubiertas (zonas húmedas), un reconocimiento técnico no es opcional: es urgente. En los casos más graves, la situación puede llegar a justificar una declaración de ruina técnica del edificio.

Fisuración estructural: leer las grietas

No toda fisura en hormigón implica corrosión. Las hay de retracción (mapeadas, superficiales, de origen temprano), de flexión (verticales en el centro de vigas, abiertas hacia abajo), de cortante (inclinadas a 45° cerca de apoyos, las más peligrosas), de asientos diferenciales del terreno, o térmicas. Cada patrón cuenta una historia distinta y exige una respuesta distinta.

La regla práctica: fisuras estabilizadas menores de 0,3-0,4 mm suelen ser admisibles y tratables; fisuras vivas (que crecen), inclinadas en zonas de apoyo, o acompañadas de deformaciones apreciables del forjado requieren intervención técnica inmediata. Para vigilarlas se colocan testigos o fisurómetros y se hace seguimiento durante semanas o meses.

Cómo se diagnostica una estructura de hormigón

Un diagnóstico serio sigue siempre el mismo orden: inspección visual completa con mapeo de daños; ensayos no destructivos (pachómetro para localizar armaduras y medir recubrimientos, esclerómetro para estimar resistencia superficial, ultrasonidos); ensayos sobre muestras cuando hacen falta datos fiables (testigos para resistencia a compresión, profundidad de carbonatación, contenido de cloruros, detección de aluminosis); y finalmente la evaluación estructural, que cruza los daños con las cargas reales y concluye si la estructura es segura, reparable o requiere refuerzo.

El resultado se plasma en un dictamen con causas, gravedad, urgencia y soluciones valoradas. Es el mismo rigor que aplico en los informes periciales de construcción, donde además el documento debe sostenerse ante un juzgado o una aseguradora.

Soluciones de reparación: de la pasivación al refuerzo

La reparación tipo de un elemento con corrosión sigue la norma UNE-EN 1504 y consta de cinco pasos: saneado del hormigón degradado hasta encontrar material sano (picado manual o hidrodemolición); limpieza de armaduras hasta grado Sa 2½ o St 3; pasivación del acero con imprimaciones anticorrosivas; reconstrucción con morteros de reparación tixotrópicos clase R3-R4; y protección final con revestimientos anticarbonatación que frenan la entrada de CO₂ y agua.

Cuando hay pérdida de sección de armadura o la estructura debe asumir más carga, se pasa al refuerzo: recrecidos de hormigón, perfiles metálicos, o fibra de carbono adherida, una solución cada vez más habitual por su rapidez y poco peso añadido. En viguetas con aluminosis, lo habitual es la sustitución funcional: perfiles o sistemas homologados que descargan por completo la vigueta dañada.

Un aviso importante: parchear con mortero normal sobre una armadura oxidada sin sanear ni pasivar no repara nada; en uno o dos años el desconchón vuelve a salir. Es el error más común de las reparaciones «de pintor».

Coste orientativo y cuándo actuar

Como referencia en Cáceres y provincia, una reparación localizada de cantos de forjado o balcón puede ir de 80 a 150 €/m lineal; los refuerzos puntuales de viguetas, de 200 a 400 € por vigueta según sistema; y un dictamen técnico con ensayos, desde unos 600-1.500 € según alcance. Son cifras orientativas: cada estructura exige su estudio.

La clave económica es el momento: tratar una carbonatación incipiente cuesta una fracción de lo que cuesta reparar desprendimientos generalizados con pérdida de sección. En patología estructural, esperar siempre sale caro.

¿Tu edificio muestra síntomas? Hablemos

Si tu vivienda o comunidad presenta fisuras, desconchones con óxido, viguetas dañadas o simplemente quieres salir de dudas sobre una estructura antigua, puedo ayudarte: inspección, ensayos, dictamen con soluciones valoradas y, si decides intervenir, dirección técnica de la reparación. Y si la obra de reparación necesita una empresa constructora especializada en rehabilitación, trabajo coordinado con VCB Obras, especialistas en rehabilitación de fachadas.

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